ciento volando

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Artículo – Una Canguro Hinojoseña

Una Canguro Hinojoseña

España no ha sido exactamente como me la imaginaba. De hecho, mi experiencia ha sido totalmente diferente de lo esperado, es decir, mejor de que lo pudiera haber pensado. No porque sea un paraíso, ya que últimamente es un país bastante perturbado. Pero a pesar de la crisis, de la burocracia, del clima extremo, de que me enviaron a un pueblo tan lejos de todo que su propia gente lo llama ‘el culo del mundo’, de su acento tan extraño, de la falta de las comodidades de mi cuidad, y de la distancia de todos aquellos a quienes quiero… aquí me he hallado totalmente a gusto.

En Melbourne trabajaba en una oficina, haciendo no sé qué, pero sí sé que lo hacía muy rápido y bajo un estrés máximo. Ya había terminado la universidad hace tiempo, y aunque llevaba licenciaturas de letras y ciencias (éstos, estudios de idealistas), todo eso se me había olvidado. Mis días estaban llenos de datos, cifras, citas y cosas así. En mi ‘descanso’ comía delante de mi ordenador, pero siempre soñando despierta con una vida diferente. Aunque afortunada de haber tenido una educación buena y un trabajo seguro, estaba como mucha gente de mi generación, perdida.

En una conversación con mi madre caí en la cuenta de que tenía que cambiar algo. Ella me hizo comprender mis metas. Quería viajar, hacer algo más creativo, y vivir un largo tiempo en un sitio muy distinto al que conocía. Sobre todo, desde siempre había querido hablar otro idioma con fluidez. Me arrepentí mucho de haber dejado el español después de la universidad. Si decidiera empezar otra vez con un idioma, tendría que hacerlo en serio, estudiar más, e ir al país del origen. Como mi madre me dijo, y como muchas personas me han dicho también – si yo fuera tú, lo haría –

Entonces, lo hice.  Hice un curso de TESOL, y empecé a buscar trabajo en España. Sin embargo, la búsqueda desde tan lejos fue difícil, especialmente porque me faltaba la experiencia de enseñar. Además, las empresas españolas preferían emplear gente de la unión europea. Recibí muchas ‘gracias pero no’, y casi caí en trampas de internet. Estaba muy desesperada, cuando oí hablar por casualidad de la existencia de un programa que me parecía increíble… el cual me permitiría vivir en España durante ocho meses. Se trataba de ayudar a un maestro local a enseñar inglés, con un sueldo modesto y sin las responsabilidades completas de los maestros normales. ¡Qué perfecto! Al principio me sonó demasiado bueno para ser verdad, pero después de horas tramitando mi solicitud con el ministerio de educación, me quedó claro que este programa era veraz.

Meses después, que parecían como años, recibí mi oferta de trabajo. A punto estuvo de no haber sucedido. El día era tormentoso, hacía mucho aire, y en una racha que debió ser muy fuerte, todas las cartas escaparon del buzón. Suerte que al anochecer mi madre llegó a casa justo a tiempo de ver los sobres blancos en la oscuridad, desparramados por el césped de los vecinos. Ella recogió todos, y entre aquellos sobres estaba su nueva tarjeta de crédito, su nuevo código PIN, y algo aún más importante; mi carta de oferta de trabajo. Me llamó inmediatamente y me dijo – Pues, está muy empapado. Y todo está en español. No entiendo ni una palabra. – Yo me estuve muriendo de nervios. Le pregunté – Mamá, ¿hay una dirección, un nombre de una cuidad, o algo así? – y, después de una pausa larga, me contestó – ¿Pues, Córdoba te suena? –

¡Iba a ir a Córdoba! No cabía en mí de entusiasmo, y pasé la noche investigando la rica historia de la ciudad.

Pero no fue así.  Cuando leí la carta por mí misma, me di cuenta de que Córdoba solo era la provincia. Mi destino era menos conocido, y se llamaba algo bastante raro. Hinojosa del Duque. ¿Qué sabía yo de este pueblo? ¿Qué sabía alguien? La Wikipedia me aclaró poco, y en GoogleMaps, apareció como una peca en un mar de nada.  (Luego, en España, las primeras personas que conocí que supieron algo de Hinojosa eran científicos de Madrid. Solían pasar por el pueblo, de camino para investigar una planta nuclear. Qué bien.)

No hay por que relatar el proceso de obtener el visado. Bastante con decir que, fue un rollo. Pero un rollo que mereció la pena.

Cuando llegué fue la última semana de septiembre. Estaba rendida, pero llena de curiosidad y ganas de embarcar en ‘el próximo capítulo’. Ya había estado viajando dos meses, y llevaba una mochila pesada de ropa sucia y una resaca de Madrid. ¡Cuánto me costó encontrar la taquilla, averiguar mi destino con el conductor, y mantenerme despierta durante el viaje desde Córdoba hasta Hinojosa! Aquella noche, mientras pasábamos por los pueblecitos de la provincia, deseaba que cada uno fuera el mío para que pudiera bajar del bus. Pero cuando por fin nos acercábamos a Hinojosa, no me gustó el aspecto y deseé que no lo fuera. Desde la carretera el pueblo tenía un exterior bastante sucio e industrial.  El conductor gritó – ¡Hinojosa! – mi corazón se hundió, y de repente estuve en la acera empolvada, mientras el bus se largó rápidamente, dejándome mareada. Tenía una reserva en un hotel, el único del pueblo, y con éxito seguí mi mapa imprimido hasta allí, sudando y arrastrando la mochila atrás. En el restaurante del hotel había la recepción de una boda. Los camareros tenían prisa, así fue mi recepción. Uno de ellos me dejó una llave prontamente, yo me metí en la habitación, la ducha y la cama. ¡Por fin! ¡Qué limpia y qué cómoda! Quizás todo salga bien… No obstante, con la mente corriendo y la música latiendo en el suelo, me desvelé toda la noche.

Al día siguiente era domingo. Salí a tropezones y con ojos legañosos, para investigar mi nuevo hábitat. Ya que soy urbanita, no tuve en cuenta que el domingo no es un día ideal para buscar gente, tiendas, o vida, en un pueblecito como Hinojosa. Especialmente al mediodía en verano. Anduve por unas horas, por calles y callejuelas, todas vacías. El aire me quemaba y la luz también. Hacía poco viento, y algo olía fatal. Me parecía una mezcla de ganado sucio y basura quemada. En muchas aceras había naranjas caídas y podridas. Eso no era la Andalucía de las postales. Las fuentes no tenían agua, los ‘parques’ no tenían verde, y el ‘arroyo’ no era un arroyo. Aún las flores en el escaparate de la floristería (cerrada) me parecieron de plástico. Pasé por unos bares, pero no tuve la fuerza de carácter de entrar en ninguno. Estaban llenos de viejos y desde las ventanas salían el humo de cigarros, miradas poco amistosas, y voces hablando algo que no podía ser español. Durante un rato me senté en un banco y perdí todas las esperanzas. ¿Qué estaba haciendo aquí? Me sentí perdida de nuevo. De repente, ocho meses me parecieron un tiempo insoportablemente largo.  El tiempo se dilataba, y el él aparecía un futuro muy lúgubre. No quería malgastar lo poco que me quedaba de mi juventud, aquí, en este pueblo abandonado. ¡Qué melodramática! Como si fuera la estrella de mi propio drama trágico. Si no hubiera hecho tanto calor, quizás me hubiera deshecho en lágrimas. Pero no quise sacrificar el agua. Entonces cuando pasó un rato me aburrí de mi misma, me di cuenta de que era estúpida, y la sed me puso de pie en busca de una bebida.

Así conocí a Pepi, la mujer del kiosco en el centro del pueblo. Intenté conversar, y ella habló conmigo con paciencia, interés, y una sonrisa cordial. Por casualidad, su hija era una alumna de mi colegio.  Le dije que todavía no había encontrado la escuela. Y repentinamente, aunque quedaba tiempo hasta la hora de cerrar,  ella recogió la tienda y la cerró. Me llevó directamente a la calle del colegio, para que no me perdiera en mi primer día de trabajo. Fue una acción pequeña, pero muy cariñosa. En aquel momento, todas mis percepciones cambiaron, y sabía que iba a estar bien.

Mi recuerdo del primer día es bastante difuso. Ahora, lo recuerdo como si fuera un sueño, con colores divertidos y cientos de caras desconocidas y miles de voces hablando a la vez. Me pareció que todas las mujeres se llamaran una variación de Carmen, y los niños, aunque eran muy monos, tuvieran demasiados nombres también.

Siempre había pensado que la única cosa que a mi español le faltaba era la practica en vivo. Me imaginaba que al minuto de llegar al pueblo, todo lo que había aprendido hace años, se me vendría a la cabeza, y las palabras saldrían con perfecta fluidez. Por supuesto, me equivoqué. La única cosa que me vino a la cabeza fue que no entendí lo que me decían. Tampoco era capaz de contestar, de enunciar una frase, o de conjugar un verbo que no fuera de tiempo presente. Lo peor fue en la sala, donde muchos maestros toman café en un espacio muy reducido. Todos eran muy simpáticos, y querían ayudarme a encontrar un piso, prestarme cosas, darme de comer, advertirme sobre el frío del invierno, darme más  café, advertirme sobre el calor del verano, darme más galletas, pedirme contar mi vida, clarificar sus dudas de inglés, presentarme a más gente, y preguntarme si estuve ‘agobiada’. Pues sí, un poquito.

Naturalmente, con el tiempo, me iba acostumbrando. Después de unas semanas, todo parecía como si se hubiera desacelerado, y era capaz de evaluar mi situación, y la suerte que tenía. Porque a pesar de mi primera impresión, me enamoraba del pueblo.

Hinojosa tiene sobre 7,000 habitantes, pero la movida de una ciudad. La gente le encanta la fiesta, y los bares y restaurantes están abiertos hasta la madrugada. En otros aspectos, es un pueblecito. Las tiendas y servicios cierran en siesta y los domingos. No hay transporte público, un cine ni un gran complejo deportivo. Sólo un café tiene WiFi. No es posible salir de la casa sin toparse con estudiantes, sus padres, o compañeros de trabajo. Todo el mundo se saluda con ‘adió’ en lugar de ‘hola’, es bastante peculiar. Y la gente es la típica de Andalucía; relajada, abierta e increíblemente cálida.

Mi experiencia de buscar piso fue un ejemplo perfecto de su simpatía. La casera de un piso me recogió del hotel, y después de enseñármelo, me llevo a otro de otro dueño, sin importarle la competencia. El agente inmobiliario (también es el corredor de seguros, agente de viajes, y fotógrafo local) andaba conmigo de casa en casa, enseñándome vocabulario y ‘traduciendo’ lo que me decían los dueños (la mayoría eran mayores sin dientes y con acentos impenetrables). Cuando encontré un piso que me gustó, él me ayudó a mudar mis cosas desde el hotel, y me dio unos dulces del cumpleaños de su hermana. A la mañana siguiente, la casera, una viejecita bastante excéntrica, me regaló galletas, leche y una sandía enorme. Y la primera vez que fui de compras, las chicas de la caja se presentaron y me dijeron que si tenía cualquier problema, podría pedir ayuda a ellas… Estas cosas nunca hubieran sucedido en Melbourne, donde todo el mundo anda corriendo y con los ojos apartados.

En el colegio, en la clase, me he sentido muy cómoda desde el principio. Eso me sorprendió, porque tenía poca experiencia con niños, y no me gusta mucho hablar en público. Pero el hecho es que los niños son tan amables, llenos de energía, entusiasmo y curiosidad, y totalmente graciosos, que me olvidé los nervios para disfrutar del espectáculo. Y afortunadamente, descubrí que no solo me encantan los idiomas, sino que me gusta mucho enseñar y participar en el aprendizaje ajeno.

Mi colegio es bilingüe desde hace pocos años, y eso demuestra perfectamente el éxito de este tipo de programa. Los cursos hasta segundo, son los del nuevo sistema. A parte de las clases de inglés, aprenden el idioma en otras asignaturas (sobre todo, conocimiento del medio). Además, la mayoría de los mandatos son en inglés. Para sacar punta, tirar la basura, ir al servicio, beber agua etc., los niños tienen que pedirlo en inglés. Así que, aunque tienen menos de 7 años, ya son capaces de hablar con frases completas. Sus acentos son impresionantes, saben escuchar direcciones, y pueden formar oraciones básicas por sí mismos. No obstante, lo que me parece más importante, es que hablan sin vergüenza con sus compañeros, sea como sea su nivel. Por otro lado, los mayores, quienes no tienen la misma experiencia de bilingüismo, les cuesta mucho más hablar.  Este año hemos introducido exámenes orales por primera vez, para que entiendan que hablar y escuchar son destrezas muy importantes, lo más importante de aprender un idioma. Algo que yo aprendí a fuerza de golpes.

Los infantiles, de 3 a 5 años, ellos, son otra cosa.  Los pequeñitos casi no hablan español, ni menos saben leer. A veces, mantener la clase con un poco de orden es lo más que podemos hacer.  A base de mucho repetir algunas palabras han aprendido, por ejemplo los colores, animales, y verbos divertidos como ‘saltar’ y ‘bailar’. Pero lo más importante es que desarrollen las orejitas al sonido, y que intenten formar palabras mientras los paladares están blandos. Y cuando hablan, madre de mía, ¡cómo hablan! Se puede notar mi acento australiano en sus voces chillonas. ¡Ojalá pudiera yo imitar a hispanohablantes con la misma facilitad!

Al principio, solamente trabajaba 15 horas por semana en el colegio, y tenía las tardes todas libres. Entonces decidí dar clases particulares también. Imprimí algunos anuncios, pero de hecho no me hizo falta hacerlo. Al minuto que dije que estaba disponible, estuve inundada con llamadas, y de repente, tuve el horario completo. Tengo una gran variedad de estudiantes, y eso me ha ido ideal para la experiencia en enseñar, y para no aburrirme.

Dos tardes por semana, doy ‘apoyo de inglés’ a la asociación de discapacitados del pueblo. Los niños están divididos en dos grupos, los pequeños (5 – 10 años), y los mayores (11 – 15 años). La mayoría tienen dificultades de aprendizaje, trastornos del habla, o son hiperactivos. No hace falta decir que ha sido un camino de aprendizaje para mí también. Algo que me parece bastante gracioso es que los niños españoles que no pueden hacer vibrar las ‘eres’ tienen que asistir a clases de logopedia, pero su acento inglés es muy bueno. Eso me da que pensar: Tal vez los niños ingleses que cecean ¿tendrían un buen acento andaluz?

Algunos de mis estudiantes particulares son mayores, un cambio refrescante después de pasar el día con niños. Ellos han estado aprendiendo inglés casi toda la vida y tienen un dominio de la gramática, entonces, sólo quieren charlar. Les cuesta pronunciar, y eso es más difícil superar con su edad, pero el gran problema ha sido el miedo de hablar en voz alta, no su pronunciación. La culpa es del sistema antiguo de aprender idiomas en las escuelas. Después que superan el miedo y se dan cuenta de que cometer errores no es un error grave, los mayores también hablan increíblemente bien. Para mí las clases no son un esfuerzo, son interesantes y divertidas.  Mis estudiantes son verdaderas fuentes de información, de historia, geografía, lengua, comida, información turística, ciencia, agricultura… todo. Creo que yo he aprendido más de ellos, que ellos de mí.

A parte de mí, hay otras dos auxiliares en el pueblo. Una escocesa y una estadounidense pelirroja, quienes trabajan en el instituto de secundaria. Ellas viven a dos minutos de mi piso y nos llevamos muy bien. Aunque nos sentimos un poquito culpables cuando hablamos en inglés, a veces es un gran alivio charlar cara a cara en nuestra lengua materna. Y eso, también ha sido otro tipo de intercambio cultural. Aunque nos una el mismo idioma, el hecho es que somos de países muy distintos, y las diferencias en nuestro inglés son muy interesantes (y algo que vuelve locos a nuestros amigos españoles).

Mi aprendizaje no ha sido sólo relacionado con la lengua. Hay un montón de cosas triviales que aportan la experiencia de vivir en otro país, y estos pequeños detalles me han enriquecido la estancia. Desde que vine aquí he aprendido a entender fútbol (no es igual que AFL, pero me gusta), jugar al futbolín (juego fatal), comer pipas, habas y caracoles, cambiar una bombona de butano, sobrevivir sin un kettle (se puede hervir agua en una sartén, es increíble), escribir en la pizarra con letras legibles, y contestar al teléfono y operar la fotocopiadora en español (aunque estas maquinas no me van bien en cualquier idioma).

Además, a través de observar a los españoles y pasar tiempo con ellos, he aprendido a ir más lenta y vivir más relajada. Hay algo sobre la vida aquí que tiene mucho más sentido que la de los países angloparlantes: La gente pasa más tiempo con sus familias y sus amigos. Las noticias indican que el mundo se está viniendo al suelo, y sí, se nota que hay menos dinero y a veces un ambiente preocupado, pero siempre hay tiempo para una cervecita en el sol o un paseo tranquilo por el pueblo. Sobre todo es evidente en los viejos. Aunque son de la época de Franco, y seguro que han pasado etapas más duras las cuales me puedo imaginar, me parecen sanos y felices. Los abuelos se sientan en los parques o juegan al dominó al fresco, mientras las abuelas dan vueltas al pueblo, parándose con frecuencia a charlar o a ayudar a aquellos que son aún más viejos. Una vida sin prisa, una vida social sana, y una dieta rica en aceite de oliva. Evidentemente estas son las claves de un buen envejecimiento.

Originariamente fue mi plan viajar cada fin de semana, por todas partes de España. En realidad, no ha resultado posible viajar con frecuencia. Conseguí visitar muchos lugares de Andalucía (todo me encantó), pero la mayoría del tiempo me quedaba en el pueblo. Todo el mundo me preguntaba – ¿Estás aburrida ya? – Y la respuesta siempre era – ¡No, hay mucho por hacer aquí! Y cuando no había, realmente debía estudiar los verbos – Pero apenas tocaba el libro de verbos, porque Hinojosa tiene muchos santos y muchas vírgenes, y cada uno tiene su propia fiesta.  Y es importante ver todos los partidos de futbol, no importa si ningún equipo es el tuyo. Y si tienes que talar los olivos, mejor que hagas un candelorio con las ramas e invites a todos tus conocidos a cenar. Y si hay que matar un cerdito o recoger unas aceitunas, pues eso también merece una fiesta. El Carnaval duraba unos días, y me avergüenza decir que yo tuve que parar y descansar en el medio. Menos mal que no tengo familia aquí, porque si no, no acabarían los cumpleaños, días de los santos, comuniones, bautizos, y bodas. Pero a los ‘forasteros’ (gente de fuera) se les compensa de la falta de fiestas familiares. Celebramos la feria de Sevilla en Hinojosa con unos maestros de allí, hicimos excursiones a localidades cercanas, y mi primera cena de Thanksgiving fue en Hinojosa también.

Casi he llegado al final de mi estancia aquí, algo que me pone un poco triste. Ahora Hinojosa me parece totalmente distinta. Ya no es un pueblecito, es bastante grande y todavía hay sitios que no he visto. Me gusta andar sin rumbo fijo, y sigo descubriendo rincones nuevos. Tampoco parece seco ni feo. A causa de una primavera lluviosa (mala suerte para la Semana Santa, pero buena para los agricultores), el paisaje está verde y frondoso. Desde la colina de la ermita del Santo Cristo, hay una vista preciosa del pueblo. Y ya no me agobia lo de que todos los niños me saluden en la calle o griten mí nombre de lejos, es algo gracioso que voy a echar de menos. Tampoco me molesta comer tan tarde. De hecho, prefiero eso al día tan ‘apretado’ de los ingleses. Me sorprende que aunque los días pasan tranquilamente, los meses han pasado muy rápido y el tiempo se me ha echado encima.

Todavía me queda mucho por aprender y descubrir en España. Con respecto al idioma, ahora entiendo la enormidad de la tarea en que me he embarcado. A veces el mero pensamiento de lo que no sé, me pone exhausta. No obstante, soy consciente de un mejoramiento. Diariamente, las pequeñas neuronas están formando caminos españoles en mi cerebro, y pienso que voy bien encaminada hacia mi meta. Por eso pedí repetir el programa, esta vez más al norte de España, para conocer otro lado entero del país. Acabo de conseguir mi plaza, y creo he tenido buena fortuna. El próximo curso escolar, voy a un instituto de secundaria en Segovia capital, fue mi primera elección. Quizás tiene algo que ver que aquel día antes de recibir la noticia, una paloma se hizo caca en mi cabeza. ¡Qué rápido me vino la suerte!

El Norte va a ser una experiencia totalmente distinta, pero seguro que será mucho más fácil porque será la segunda vez. Me he dado cuenta de algunos asuntos que sirven para mejorar la estancia aquí de aquellos que van a participar en el programa por primera vez, y me gustaría compartirlos con ellos.

Con respecto a la enseñanza del inglés, aconsejo concentrar todas las fuerzas en la pronunciación y las destrezas orales, porque los maestros españoles ya saben muy bien la gramática e idioma escritos.  Muchos españoles rechazan hablar, prefieren escribir una redacción de tres páginas a decir tres frases en voz alta. Hay que empujar, suavemente, pero empujar. Cuando os escuchen,  hablad claramente y lentamente, pero con normalidad. Si cambiáis vuestro acento o habláis ‘pidgin English’, no estáis ayudando a los estudiantes. Si podéis, haced un curso de TEFL o TESOL antes de que vayáis. No es un requisito del programa, pero yo lo hice y os lo recomiendo, es bueno para repasar la gramática que sabemos pero no somos conscientes, también aportar ideas y estrategias para enseñar. En todos los niveles y edades, haced lo que podáis para dar clases divertidas y variadas. Música, juegos de mesa (para estudiantes particulares), multimedia, juegos de movimiento (para aprovechar la energía de niños inquietos), y cualquier actividad que saque el espíritu de competitividad de vuestros estudiantes. Hablad de Australia. Para los españoles es un sitio muy exótico y un tema que les interesa mucho. Y finalmente, hablad con los maestros de inglés en inglés fuera la clase, porque ellos podrían sacar el partido de vuestra presencia también. Es algo que yo no hice porque quería practicar español, pero ahora veo que eso fue egoísta por mi parte  y me lamento de no haberles ayudado más en este respecto.

En relación con la mudanza a España. Si te vas a un pueblo, entiende que vas a destacar. No porque seas rubio o tengas dos cabezas, pero sí porque la gente no te habrá visto por la calle durante los últimos veintitantos años. Hay que aceptarlo y aprovechar la hospitalidad resultante. A cualquier localidad que vayas, resiste la tentación de vivir con otros auxiliares o angloparlantes. Empújate a conocer la gente local, y estate abierto a invitaciones y ofertas de ayuda. Al principio yo decía – No – demasiado, porque no quería ser una molestia, pero la verdad es que esta actitud no tiene sentido aquí, ya que el concepto de tiempo es distinto. Detrás de las fachadas blancas de las casas antiguas hay patios de azulejos, flores llamativas, y lo mejor de todo, comida casera. ¡Entra, si puedes! No recuerdo si alguna vez dije – Sí – de lo que me arrepiento, pues debía haberlo dicho mucho más.

Por supuesto, mi estancia no ha sido totalmente perfecta, a veces he pasado etapas de añoranza. En momentos difíciles, naturalmente echo de menos a mi familia, amigos y la facilidad de Australia. Es la diferencia entre ir de vacaciones, e ir a vivir a un sitio para realmente conocer la vida de allí.  Pero vale la pena aguantar los aprietos, porque los provechos son enormes. La mejor parte ha sido una experiencia increíblemente positiva. He aprendido, enseñado, conocido gente de procedencias muy distintas a las mías, y descubierto que tenemos mucho en común. He cogido mucho cariño a España, pero también noto una conexión más fuerte con mi país. Quizás participar en el programa haya sido la mejor decisión de mi vida.

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2 thoughts on “Artículo – Una Canguro Hinojoseña

  1. Jean, es un relato conmovedor, me ha encantado y además sorprendido de lo estupendamente bien que dominas nuestro idioma. Qué envidia me das!!!

don't be shy...

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